La Sacerdotisa: El Misterio de lo Femenino

La Sacerdotisa o el Misterio de la Mujer

Nos encontramos con la primera representación del principio femenino, específicamente con su aspecto ying, con la verdadera esencia de la mujer, distinguiéndose de la Emperatriz que representa el aspecto yang. La Sacerdotisa representa al anima propiamente dicha en términos junguianos, a diferencia de La Emperatriz que representa el Arquetipo de La Madre, y a La Luna que representa el aspecto sombrío de ese mismo arquetipo. Esta diferencia también la encontramos en las proyecciones que desde la antigüedad se colocaron en las fases de la luna: la luna llena como símbolo de fertilidad, de hogar, se asocia la Diosa Hera, la luna nueva con Hécate, cuyo ámbito es el inframundo, mientras que Artemisa se asocia a la luna creciente, sutil, virgen e inalcanzable.

La Sacerdotisa simboliza entonces la intuición, el servicio, la espiritualidad, el inconciente, el mundo onírico, la comprensión, la sabiduría y el misterio. Encarna las cualidades de Isis, Ishtar y Astarté, todas diosas que reinaron sobre los rituales de los misterios de la mujer. En su aspecto espiritualizado aparece como la Virgen María y como Sofía, la sabiduría divina. El número dos es un número sagrado para todas las divinidades femeninas. Si se desea ampliar un poco más el tema J. Campbell en su libro “El Poder del Mito” dedica un capítulo denominado “El Don de la Diosa” donde se refiere a la preponderancia de lo sagrado expresado a través de lo femenino en las comunidades agrícolas antigüas y cómo fue luego reemplazado por el concepto del Dios Hombre con el advenimiento de sociedades cuya principal fuente de ingresos eran los animales.

En el tarot marsellés la vemos sentada en un trono, vestida con un traje ceremonial, y posiblemente entronizada. Lleva entre sus manos un libro abierto que seguramente es un libro sagrado ya que es a través de él como el espíritu será realizado, será llevado a la realidad. Tradicionalmente, la mujer no hace la ley pero es el instrumento de su realización. Esta mujer está quieta porque no hace falta realizar ningún movimiento para conocer su destino, la esencia de lo femenino es la receptividad. Acepta la palabra con todo su ser. Su sabiduría consiste en comprender los ciclos presentes en la naturaleza y en la propia vida, de ahí su espíritu cambiante al igual que las fases de la luna. Lleva un velo blanco, símbolo de dedicación especial al espíritu, y oculta su cabello, símbolo de seducción y poder sexual. Sobre el lleva una tiara triple que simboliza la unión entre cielo, tierra y agua. En el tarot junguiano vemos una mujer flotando en un mar sobre el que se encuentran velas encendidas, lleva una túnica blanca, un antifaz en una de sus manos que simboliza la máscara y en la otra un libro sagrado, es de noche, el símbolo de la luna creciente se encuentra en el mandala. La ilustración de la carta muestra muy bien su carácter misterioso, lunar, nocturno pero al mismo tiempo luminoso.

A diferencia del mago cuyo poder es solar, la fuerza de la Sacerdotisa deviene de lo lunar, del mundo del inconsciente. El controla por medio de la rapidez, del conocimiento, de la idea, ella lo hace por su persistencia, su amor y su paciencia.

Los pilares sobre los que se encuentra repiten la dualidad que ya se expresa en el número dos. Su esencia es la paradoja. Ella que da la vida también preside la muerte. Es símbolo de fertilidad. Por eso rige los misterios, todo lo que nace debe morir, pero ¿morir para transformarse en qué? La Sacerdotisa nos sugiere los misterios de la vida, aquellos interrogantes que no podemos contestar por medio de la razón. A los pies de una estatua de Isis, en Sais, están inscriptas las siguientes palabras:

“Yo soy todo lo que ha sido es y será. Ningún hombre mortal ha sido capaz de descubrir lo que se halla bajo mi velo”.

A veces tengo la oportunidad de observar cómo algunos intérpretes del tarot confunden el concepto de virginidad en la figura de la Sacerdotisa, y en una consulta nos describen una personalidad reprimida sexualmente. Creo que es porque no comprenden el concepto, ya que se “lee” el símbolo literalmente en lugar de captar su verdadera esencia y porque en definitiva el error está en creer que espiritualidad y materia no pueden estar de la mano, la mujer espiritual tiene que ser lánguida, reprimida e insípida. En la antigüedad las mujeres a las que se llamaban vírgenes no eran necesariamente carentes de vida sexual, esta cualidad significaba que no estaban disponibles para que los hombres las tomaran en matrimonio, ya que se reservaban para menesteres espirituales, mujer virgen significaba “mujer sin casar”. Las pitonisas de los oráculos griegos que eran gobernados por Apolo eran vírgenes porque esa energía sexual canalizada a través de los chakras – lo que se denomina el despertar de kundalini – les servía a los fines de su clarividencia. El signo de Virgo regido por una virgen no significa que los nativos del mismo sean personas apáticas sexualmente, lo que en definitiva nos transmite es la idea del servicio, el esfuerzo al servicio de un ideal mayor que trasciende el ego.

La Sacerdotisa, el ánima que vive en la Psique Masculina 

La mujer como género está mucho más cerca de los ritmos de la naturaleza; la menstruación, la concepción de un hijo, son acontecimientos que la conectan con el misterio de la vida, lo irracional, ella es tomada por su fuerza y poco puede hacer. Para el hombre la situación es diferente, la gestación de su progenie sucede fuera de él, es por eso que en la antigüedad y en algunas tribus de la actualidad se realizan los ritos de iniciación que son protagonizados por los adolescentes varones como una manera de iniciarlos en la vida adulta. El cuerpo de la mujer es “tomado” por la vida misma, la naturaleza la hace mujer, no es necesario iniciarla. Con respecto a la psicología masculina la Sacedotisa representa lo que Jung denominó el ánima, que es el aspecto femenino que subyace en todo hombre, o sea su capacidad de nutrir y cuidar, de ser empático, de conectar con su propio interior, esta se manifiesta desde el punto de vista interno, mediante los sueños, y en lo externo se encuentra reflejada en la persona que elige como pareja. Dice Jung:

“El hombre que se encuentra armonizado con su mujer interna es un ser pleno, realizado.”

En los mitos la mujer es quien salva al héroe, y lo ayuda a cumplir su cometido, pero el héroe debe confiar, entregarse. Teseo puede regresar del laberinto una vez muerto el minotauro gracias al hilo que le provee Ariadna. El hombre que se divorcia de su ánima se puede ver influido por ella de forma destructiva, quien esconde sus lágrimas, su sensibilidad, su creatividad se resigna a vivir una existencia incompleta. Esto también se ve claramente en los mitos, en “La Odisea” Ulises permanece años en la gruta de Cibeles, adormecido por sus encantos y se desvía de su propósito que es regresar a Itaca. Y es que el poder lunar es muy sutil pero fuerte. El influjo de lo femenino en sombra puede ser letal y probablemente de acá se derive el miedo inconciente del hombre por la mujer: cómo le teme, tiene que controlarla. En la medida que hombres y mujeres no establezcan una mejor relación con sus propios aspectos femeninos y masculinos respectivamente, los vículos seguirán siendo difíciles.

El elemento con el que ella conecta es el agua. En los mitos de la creación el agua representa el poder de recibir, producir y construir. Simbólicamente la mujer es agua: mar, mare, mer, mere y Mary (Madre y María).

En la antigüedad el hombre estaba cerca de la naturaleza, toda su vida encontraba sentido en esa conexión, no se sentía separado de su entorno, era parte de él. Con el “triunfo” de la razón y por ende la persecusión de todo aquello que se alejara de lo racional, el hombre contemporáneo se fue alejando de su verdadera esencia, y sobrevino el vacío, la falta de sentido que está presente en nuestras sociedades. Volver a conectar con La Sacerdotisa entonces nos permite rescatar nuestro hemisferio derecho, entender el sentido último de las cosas, nos sintoniza con la idea de la espera activa, la vida es una mujer y a la mujer hay que seducirla no acosarla, saber respetar los ciclos y aceptarlos. Hay momentos para la no acción, para la siembra, estar pasivos no significa ser improductivos, por el contrario estos momentos sirven para limpiarnos, recuperar energías, conectarnos con nosotros mismos. Y así si nos acercamos humildemente a ella probablemente nos devele sus misterios.

 Con amor, Evelyn. 

 

 

 

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